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INTRODUCCIÓN
El placer de escribir
Partiendo de que este libro está dedicado a los que se interesan de modo general por la enseñanza de la escritura, podemos decir que tenemos una cierta tendencia a considerar el proceso de escritura bajo el punto de vista pedagógico, como si esta importante actividad humana dependiese solamente de aspectos instrumentales y cognitivos. Tal perspectiva, a pesar de arrojar luz sobre algunas dimensiones de la adquisición de la lectura y la escritura, y sus respectivas especificidades, está lejos de dar cuenta de toda su complejidad y de los distintos matices que envuelve la escritura académica en la Educación Superior.
El hombre no es el mismo cuando posee las capacidades de leer y escribir pues rompe el inmediatismo propio de la palabra oral. Se ha llegado a decir, incluso, que la escritura respondería al deseo humano de inmortalidad frente a la angustia de saberse finito y limitado. Por la escritura el hombre se expande, deja marcas, asume riesgos, se expone. A propósito de esto, podríamos decir que la voluntad de escribir y la conciencia del valor que ser competente en la redacción de textos tiene para el desarrollo como personas y ciudadanos, son condiciones indispensables para emprender esta tarea.
Es importante, además, tener en cuenta que, sin un acceso constante a la lectura, la mera producción de textos se hace difícil, costosa y, no pocas veces, sacrificada y deprimente. La escritura es una competencia que nunca avanza aislada. Precisa de la capacidad de meterse en la vida e implicarse en las experiencias (para tener qué contar), y del hábito de leer (para saber cómo hacerlo). Esta circunstancia debe estar presente en cualquier planificación educativa orientada a la adquisición de competencias en el dominio de la escritura. Es preciso, además, crear ambientes en los que los estudiantes se sientan estimulados y movidos a establecer una relación dialéctica constante entre su propia producción escrita y buenos modelos de referencia.
No podemos olvidar que el acto de escribir es un poderoso instrumento de reflexión. Al escribir, además de comunicar sus percepciones a otros, los redactores aprenden sobre sí mismos y sobre el mundo. Escribir confiere a quien escribe el poder de crecer como persona y de influir en el mundo. El acto de escritura se materializa a través de un proceso en el cual el redactor imagina a su audiencia, concibe propósitos, desarrolla ideas, elabora borradores, produce anotaciones y acaba configurando un texto que corrige para satisfacer las expectativas de la audiencia. Escribir con más eficacia requiere cuidar todo este conjunto de actividades que comprende el acto de escritura, no solamente centrar el esfuerzo en el producto final, como suele suceder a muchos estudiantes.
Un principio básico del escribir bien es tener claro que la meta no es acabar un trabajo o completar un número determinado de caracteres, sino hacerlo bien. El otro principio a tomar en consideración, ya lo hemos mencionado: tiene que ver con los objetivos de escribir, esto es, con la necesidad de usar la escritura como un instrumento de reflexión y de aprendizaje. Pero eso no será posible a menos que el propio proyecto formativo de la institución académica lo facilite y garantice a través de una atención explícita a la formación en escritura. El estudiante aprende a escribir escribiendo y recibiendo un feedback permanente por parte de sus formadores. Orientar el proceso de composición y dialogar sobre el trabajo de los estudiantes debería ser el método básico de instrucción. Leer lo que escriben los colegas, explicar las impresiones personales que causan estos textos y escuchar las opiniones de otros sobre los propios textos son actividades importantes para el desarrollo de las habilidades lingüísticas. (…)

